Volviendo a la casa amarilla, estaba contando que vinieron de visita estos duendes. Eran como una familia. Se movían juntos y se notaba que los unía algo más que el simple espacio en que nos encontrábamos.

Me quedé en la parte en que les intenté empezar a contar por qué en esta casa hay tanta magia. Primero, si estás cerca del río, hay un aire puro que se respira, que es distinto al aire de otros lugares, como el de las ciudades grandes. Estás cerca del agua, de una gran masa de agua que se mece como si estuvieses cantando una canción de cuna. Esa masa de agua es un universo, distinto al que conocemos en la tierra. 

Porque en la tierra donde están los duendes, donde está la casa amarilla de esta historia, es donde nos apoyamos y echamos raíces, como los árboles. Porque las casas también tienen raíces que las atan a la tierra. Tienen que tenerlas, porque sino se irían volando y el cielo sería un descontrol, habría un tráfico terrible. Porque el cielo es aire, y está lleno de pájaros, de lechuzas, murciélagos, ángeles, y bueno también aviones, barriletes, globos amarillos (como la yema del huevo!). Nubes y sueños. Y si a eso le sumamos casas y árboles que vuelen porque se olvidaron de atarse al piso con sus raíces, sería un caos! 

Entonces, por ahora, las casas, los árboles y la gente también, echan raíces y se quedan bien enganchados a la tierra. Porque si salen a volar antes de estar listos, se pueden perder, como en un tornado, vieron? Y corren el riesgo de no poder volver nunca más.

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